Dam despertó en una habitación pequeña que tenia una puerta de metal con una pequeña ventanilla con rejas. Ese lugar era, obviamente, una celda.
-Buenos días –dijo Thang que estaba en la misma habitación, en una de las dos incómodas camas que habían. Tenía una venda en la cabeza.
-¿Dónde estamos? –preguntó Dam refregándose los ojos.
-Supongo que en las mazmorras del castillo de Urwen –agregó Thang-. Anoche, cuando desperté, estabas dormido. Un caballero de la Guardia me curó la cabeza como pudo, aunque aún me duele. Me dijo, muy molesto el condenado, que hubo pelea en el bar y los vecinos llamaron a la Guardia y nos arrestaron. Yo no recuerdo nada, tengo un vacío en la mente ¿tu recuerdas que pasó?
Dam recordó todo y se dio cuenta de que no era una pesadilla, todo eso era real. Era todo un gran lío.
-Maldición –dijo-. Yo no debería estar aquí, no hice nada. Solo traté de ayudar a aquella chica de la pañoleta.
Thang se paró de un salto y se acercó a Dam.
-¿Te refieres a Eriol? –preguntó- ¿Ayudarla? ¡¿Le pasó algo a ella?!
-A ella no –respondió Dam-. A ti. El calben que te buscó el pleito y quería quedarse con la chica te atacó con una jarra y te la destrozó en la cabeza. Tu caíste inconsciente, sangrando. Ahí empezó la pelea. Eriol trató de ayudarte y me pidió que te cuidara mientras ella iba por medicinas.
Thang se quedó pensativo mirando al piso.
-Ya veo –dijo entre dientes-. Ese maldito cerdo de Findor –miró a Dam y estiró la mano-. Mucho gusto, soy Thang, líder calben, ¿y tú?
-Dam Beolden –contestó Dam dándole la mano.
En ese instante la puerta se abrió y entró un caballero con dos platos. Era el mismo que los había arrestado.
-Al fin despertaste –dijo con voz ronca-. Te quedaste dormido mientras los traía al castillo. Aquí esta el desayuno, para que después no digan que tratamos mal a los presos.
Puso los platos con leche y pan en el piso y se dispuso a salir de la celda pero Dam lo detuvo.
-Caballero –dijo-, tiene que escucharme, ha cometido una equivocación.
-A ver –respondió el caballero-, ya te dije anoche; eso no me lo tienes que decir a mí. En todo caso habrá un juicio dentro de una semana para ver si hay inocentes, ahí el juez dará sentencia. Pero eso les sucede por delincuentes, forajidos y bandoleros. Para mí todos los calbens deberían ser expulsados de Lama, no sé por qué el Rey Urwen les tolera tanto; es una persona tan buena, deberían estar agradecidos.
Thang se acercó al caballero con furia en la mirada.
-Todos ustedes, Caballeros de la Guardia, son unos desgraciados y desalmados –dijo-, tratan a la gente como les da la gana. Si todo mi grupo de calbens te escuchara, en estos momentos estarías pidiendo auxilio.
Dam se sorprendió al ver como Thang desafiaba al caballero.
-Te agradezco que me hayas atendido con respecto a mi herida –agregó el calben-, pero te juro que si salgo libre te las verás conmigo allá afuera.
El caballero desenvainó su espada y de un empujón acorraló a Thang contra la pared.
-Cuida tu vocabulario, insolente –dijo amenazante-. Difamar así a un Caballero de la Guardia Real te puede costar muy caro ¿No sabes, acaso, que estas a mi mando? Es una advertencia, una demostración más de ese comportamiento atrevido y me conocerás.
Las miradas de ambos chocaron y demostraron una gran rabia.
Dam se acercó y los separó.
-Escuchen, por favor –dijo-. Están haciendo líos por gusto. Disculpe, caballero. ¿Su nombre es…?
-Serech Galhir –respondió el caballero tirando su capa para atrás y dejando ver una armadura plateada reluciente.
-Muy bien, caballero Serech –dijo Dam-. Se que estamos a su mando y, aunque reconozco que el comportamiento de Thang no es el correcto, no puede tratar mal a los presos, sean inocentes o culpables. Déjeme presentarme, soy Damnert Beolden.
Serech miró a Dam de pies a cabeza.
-¿Beolden? –dijo- ¿Familia del herrero Roden Beolden?
-Sí –respondió Dam alegrándose-. ¿Conoce usted a mi padre?
-¿Tu padre? –dijo Serech- Así que eres hijo de Roden Beolden. Claro que lo conozco, él es el proveedor de equipamiento de
-¿Lo ve? –dijo Dam con una sonrisa- Usted conoce a mi padre y sabe que nuestra familia no cometería actos vandálicos. Yo estuve en el bar Voronn anoche por accidente.
Serech soltó una risa burlona.
-Muchacho, muchacho –dijo-, los hijos no siempre son iguales a sus padres. A veces son mejores, a veces peores. ¿Quieres que te crea solo por ser hijo de Roden Beolden? Observa a este calben –señaló a Thang-, quién sabe si su padre fue alguien decente. Y mira al hijo, todo un calben, un delincuente.
Thang quería estallar, deseaba darle un golpe fuerte en pleno rostro a Serech y apretaba los puños conteniéndose.
-No conocí a mi padre –dijo al fin-, no tuve nunca un padre que me aconseje. Ningún calben lo tuvo, aprendimos de la vida nosotros solos, dejando de lado el pensamiento y la amargura de ser huérfanos. Pero ¿sabe una cosa caballero? Prefiero ser huérfano a tener un padre que se avergüence al verme escondido tras una armadura y una espada, tiranizando y despreciando a los demás solo por ser huérfanos.
Serech se acercó furioso a Thang y lo tomó del cuello.
-Insolente –le dijo-. Tenías que ser un calben –lo soltó-. Yo no me oculto tras mi armadura, ni tras mi espada. Yo solo tratote hacer algo en progreso del reino.
Serech dio media vuelta y salió de la celda, cerrando la puerta fuertemente, y se alejó haciendo sonar las llaves.
-¡Desgraciado!- gritó Thang como para que Serech lo oiga. El calben estaba rojo de la ira.
Dam lo miraba estupefacto y confundido, en su mente veía un joven huérfano y lleno de impotencia. Un triste silencio creció en la habitación.
-Ya nos rescatarán- dijo Thang al cabo de un rato-. Los calbens harán algo, no van a dejar aquí a los suyos. Hay muchos de mis amigos en las Casas de Piedra y vendrán a ayudarnos. Me has caído bien, Dam. Solo hay que esperar.
Dam solo atinó a mostrar una sonrisa insegura. ¿Y si los calbens no llegaban? ¿Y si, cómo dijo Serech, había un juicio y salía culpable? ¿Qué sería de él? ¿Qué dirían sus padres? Se sentirían defraudados. Ellos deberían estar preocupados por él, no había llegado a dormir a casa. La cabeza de Dam daba tantas vueltas que decidió pensar en otra cosa pero no pudo. Decidió rezar a Kalakir (Dios) para que los calbens pudieran sacarlo de ahí. Los problemas acababan de empezar.
Los calbens vivían en las afueras de Lama Capital, en una región poblada de prados llamada Calb, que era como un pequeño distrito y a la vez la parte más al norte de Lama.
En tiempos antiguos, los primeros hombres que llegaron a lo que hoy en día es el reino, habitaron en los prados de Calb y construyeron unas rústicas viviendas de piedra, donde habitaron por varios años, pero debido a los constantes ataques de los falas, una tribu salvaje que habitaba en los pantanos cerca de las Montañas de
Sin embargo el actual rey de Lama, Urwen, que era un hombre bondadoso y compasivo, había decidido darle un hogar a los huérfanos que poblaban las calles de la ciudad y les permitió habitar las Casas de Piedra del distrito de Calb; desde ese momento fueron conocidos como los calbens. Sin embargo en los últimos años los calben empezaron a cometer fechorías y a causar problemas a la Guardia Real de Lama, por eso nació una especie de enemistad entre ambos grupos. Aún así las leyes del rey Urwen impedían el asalto hacia calb por parte de los caballeros, salvo en casos extremos.
Los calbens dependían de un líder y este era elegido mediante una votación y debía ser alguien que reuniera varios requisitos tales como fuerza, valentía, inteligencia, etc.
Pero había algo que era una característica principal de los calbens y era que todos eran muy buenos peleadores, no utilizaban armas salvo sus propios cuerpos, sin embargo Findor y su grupo no habían respetado esto.
Ahora los calbens estaban frente a un gran problema: su líder había sido atrapado junto a otros calbens por sus enemigos de correrías, la Guardia Real de Lama.
Aquella tarde hubo una asamblea en las Casas de Piedra. Los calbens se reunieron en
Todo era una bulla total, hasta que tomó la palabra una joven calben, Hadhod, una de las mas valientes. Se paró frente a todos sobre una mesa de piedra situada delante de todos los asientos.
-¡Atención todos! ¡Silencio! –gritó, y una vez que todos se callaron continuó- Nos encontramos en una cuestión muy grave. Por culpa del traidor de Findor y sus amigos hubo una riña anoche en el bar Voronn. El cobarde escapó con sus compinches y esperamos no verlo más –un murmullo se alzó en la pirámide -. Pero por su actitud estúpida y sus actos contraproducentes Thang, nuestro líder, quedó herido y fue presa fácil para la Guardia Real, esos tontos caballeros que siempre andan molestándonos. Además varios de los nuestros también fueron encarcelados junto con él. No podemos dejar esto así. Nuestro líder espera por nosotros, si no lo rescatamos no podemos llamarnos calbens.
La mayoría de los calbens bajó la cabeza. De pronto, uno se paró y fue al lado de Hadhod. Era algo gordito y colorado.
-He pasado todo el día pensando –dijo-, y junto con otros calbens como Silma y Tionel hemos llegado a la conclusión de que es imposible penetrar el castillo con todos esos caballeros custodiándolo, sobre todo en esta época de festival en la que la defensa se redobla.
Una desilusión cayó sobre los calbens.
-Pero también pensamos en otras cosas –agregó el calben-. La única forma de liberar a Thang es haciendo que los caballeros dejen el castillo, o al menos la mayoría de ellos.
Todos comenzaron a hablar a la vez.
-¡Silencio! ¡Silencio! –gritó Hadhod- ¡Dejen que Quendil acabe!
Los calbens callaron y prestaron atención.
-La única forma de hacer que la Guardia deje el castillo –prosiguió Quendil- es provocando un desastre en la ciudad, un desastre tan grande que necesiten caballeros en cantidad para detenerlo.
De nuevo empezaron a hablar a la vez hasta que se paró Imin, una calben rubia.
-Claro –dijo-, Quendil tiene razón, pero… ¿Qué desastre?
Todos callaron y se miraron los rostros como tratando de encontrar una respuesta y se escucharon muchas opiniones.
-Un asalto –dijo uno pero dijeron que no llamaría mucho la atención.
-Un asesinato –dijo otro y casi lo expulsan de la pirámide.
-Un incendio –se escuchó y todos callaron.
-¡Claro! –dijo Imin excitada- ¡Un incendio!
-Pero… ¿Qué incendiamos? –preguntó Hadhod.
-Tiene que ser un lugar grande pero que a la vez no sea una perdida importante para la ciudad –dijo Quendil.
Todos los calben pensaron en silencio durante un largo rato. Nadie tenía respuesta. Entonces Hadhod habló.
-Tenemos que investigar –dijo-. Tendremos que ir a la ciudad, nombraremos comisiones, ¿les parece?
Todos asintieron.
-Muy bien –agregó-, aprovecharemos lo que queda de la tarde para encontrar algún lugar, nos reuniremos en la noche de nuevo, ahora, a formar las comisiones.
Dam y Thang permanecieron en las mazmorras del castillo conversando por largas horas. Dam le contó a Thang que trabajaba junto a sus padres en su herrería y que paraba con Zimra, su mejor amigo y uno de los pocos que tenia, pues siempre fue algo tímido y solitario. Thang los escuchó atentamente.
-Quien como tú que has tenido a tus padres –dijo el calben algo serio-. Nosotros los calbens somos huérfanos, nuestros padres nos abandonaron o murieron cuando éramos niños y… -la voz se le entrecortó- ¡Ah! Para qué hablar de algo que ni me importa…
Dam se quedó callado pensando en Thang. A pesar de su apariencia y carácter rudos, vio en Thang a alguien a quien la vida le ha sido muy dura y eso contribuyó en la formación de su personalidad fuerte. Pero también pudo ver en él el anhelo de tener a sus padres a su lado. Él, en cambio, nunca sufrió, tuvo a sus padres, un hogar, una familia… y Thang no. Se sintió mal, sin poder explicárselo a si mismo.
-No tengo a mis padres –dijo Thang de pronto-, pero tengo a los calbens y ellos son mi familia.
-Tienes razón –dijo Dam dándole ánimos-, además, tienes a Eriol…es una chica muy simpática.
-Je –sonrió Thang-, Eri es alguien muy importante para mí, mas que una familia…aunque parece que a ella yo solo…
Thang suspiró. Dam lo miró pero no dijo nada más.
-Voy a dormir un rato –dijo el calben-, me duele un poco la herida. Gracias por escucharme, mira, el tiempo se nos pasó volando –observo la ventana-, ya se hace de noche.
-Cierto –contesto Dam-, quiero olvidar por un momento que estoy encarcelado.
-No te preocupes –agregó Thang-, vendrán por nosotros.
Esa noche, Dam tuvo un sueño extraño e incómodo. Sus padres iban a visitarlo a la celda y él, avergonzado, no se atrevía a mirarlos a los ojos, fue algo muy duro. Despertó sobresaltado.
-Mis padres… –pensó- deben estar preocupados, y Zimra… ¿me estará buscando? ¿Les habrá dicho lo que pasó? Los Guardias piensan que soy cómplice de la pelea en el bar Voronn.
La cabeza de Dam daba vueltas y vueltas y lo agotó tanto que se quedo dormido de nuevo.
Mientras tanto, los calbens volvían a reunirse para escuchar las recomendaciones de las comisiones enviadas a la ciudad. El silencio se hizo cuando uno de los integrantes de ese grupo, Arad, se paró frente a los demás.
-Nuestra comisión ha indagado por la ciudad en secreto y hemos encontrado muchas cosas interesantes –dijo-. Los caballeros están cansados de estos incidentes y parece que están planeando presentar una petición al Concejo de Lama, para discutir si a la próxima fechoría que hagamos puedan intervenir en las Casas de Piedra.
La sala entera se levantó de sus asientos y comenzaron a hablar desesperadamente.
-¡¿Cómo es posible?! –gritó uno.
-¡El rey no lo aceptará! –dijo otro- ¡No es la primera vez que intentan hacerlo!
Hadhod intervino y pidió calma a gritos. El auditorio guardo un silencio inquietante.
-Así como les dije –continuó Arad-. Según los informes que hemos recogido el Concejo también esta molesto por los disturbios de anoche. Lo único que faltaría sería la aprobación de esa medida por el rey Urwen, que como saben ustedes tiene la palabra final, aunque confiamos en que la rechace como siempre lo ha hecho. En estos momentos mucha gente en la ciudad comenta que mañana por la mañana se sabrá el resultado de este asunto.
Los calbens se miraron nerviosos y asustados. Aunque siempre el rey había perdonado sus fechorías justificando que eran solo jóvenes inquietos, siempre había una posibilidad por más mínima que sea.
-El segundo punto es que hemos confirmado que Thang esta encarcelado en las mazmorras del castillo –prosiguió Arad-. Y no podemos dejarlo ahí junto con nuestros demás amigos ¡rescataremos a los nuestros! Somos una familia, ¿verdad?
Los calbens gritaron un fuerte sí.
-¿Cómo vamos a rescatar a los demás? La Guardia esta muy atenta en estos días- pregunto una tímida calben de pelo corto.
-Eso lo investigamos y elaboramos un plan –intervino Maki, otra miembro de la comisión-. Seguro sonará algo descabellado para algunos pero es lo único que pudimos imaginar.
-Nos enteramos de que la cantina Pendi, aquella que esta a diez cuadras de la plaza central, tiene como dueño a Zalbar Pendi, uno de los comandantes de
Gran parte de los calbens parecía estar de acuerdo con el plan pero había una pequeña cantidad que parecía inconforme.
-¿Qué haremos si es que la Guardia no reacciona como esperamos? –preguntó un calben muy delgado.
-Tenemos que arriesgarnos –intervino Hadhod-. Además este es el momento en que los caballeros tienen mas ganas de atraparnos, no duraran en ir ni bien se presente la oportunidad. A estas alturas no nos queda otra cosa.
Los calbens se decidieron a arriesgarse y el plan quedó registrado de la siguiente manera:
A las ocho de la mañana del día siguiente, un grupo de 6 calbens irían cuidadosamente a la cantina Pendi a prenderle fuego, mientras que los restantes esperarían ocultos cerca al castillo la salida de los caballeros hacia la cantina e inmediatamente harían su ingreso a las mazmorras a rescatar a los prisioneros.
Se sortearon las posiciones y los calbens salieron de la pirámide para preparar las acciones del día siguiente.
-Sé que esta vez nos ganaremos la antipatía de todo el reino pero no podemos rendirnos –pensó Hadhod-. Thang, no te defraudaremos, solo espera, todo saldrá bien…espero que las decisiones que hemos tomado sean las adecuadas.
El sol se alzaba al día siguiente sobre las Montañas del Límite, al este de Lama; y Thang y Dam fueron despertados por Serech que apareció con dos platos.
-Aquí les traigo sus alimentos –dijo-. Tendremos que contratar a muchos más cocineros ahora que se va a aprobar la medida.
-¿Qué medida? –preguntó Dam extrañado.
Serech sonrió burlonamente.
-Ayer en la tarde la Guardia Real presentó una petición ante el Concejo de los Cinco Sabios –dijo orgulloso- y ellos aceptaron esa petición: permitir el ingreso de los caballeros a las Casas de Piedra del distrito de Calb para capturar a todos los calbens que sigan cometiendo fechorías.
-¡¿Qué?! –exclamó Thang histérico- ¡El Rey no la aprobará! ¡Muchas veces han querido hacerlo!
-Eso lo veremos –contestó Serech-. Esta vez el Concejo esta muy enfadado y presionaran a Vuestra Majestad a que firme esta medida.
Thang no sabía qué hacer ni qué decir.
-¡No pueden hacer esto! ¡Malditos! Los calbens no se dejarán… ¡No!
-Ya verás que el Rey la aprobará y tus amigos se reunirán contigo. No podrán escapar; así corran nuestras queras los alcanzarán.
-Caballero, un momento –intervino Dam.
Serech lo miró y dijo: -¿Empezarás con lo mismo de ayer?
Dam iba a hablar pero fue interrumpido por unos gritos que venían desde los pasillos de las mazmorras: -¡Caballeros, caballeros! ¡Por las quimeras! ¡Vamos!
Entonces un caballero fatigado entró a la celda.
-¡¿Qué sucede Ragnir?! –preguntó preocupado Serech.
-¡Incendio en la ciudad! –exclamó el caballero Ragnir- ¡La cantina Pendi! ¡Tenemos que ir! ¡Parece que son calbens los que le prendieron fuego!
-¡¿Qué?! –gritó Serech furioso- ¡Maldición! ¡Quédate tú a cuidar a estos!
Serech tiró su capa hacia atrás y furioso se acercó a Thang.
-Si en verdad fueron los calbens –le dijo-, les espera más que la cárcel.
El caballero empujó a Thang con fuerza contra la pared, dio media vuelta y antes de salir apresurado entregó las llaves a Ragnir, quien salió tras él y cerró la puerta fuertemente.
La evacuación de los caballeros se realizó inmediatamente, dejando un reducido número cuidando las mazmorras.
-¿Son los calbens los que han ocasionado el incendio? –preguntó Dam a Thang.
-Tengo casi toda la seguridad de que fueron ellos, Dam –contestó el líder calben con una leve sonrisa-, algo traen bajo la manga, te dije que no se iban a quedar tranquilos.
Dam se acercó a la rejilla de la puerta y vio a Ragnir junto a otros pocos caballeros en el pasadizo.
Unos minutos después se empezaron a escuchar unos gritos y pasos fuertes. Thang hizo a un lado a Dam y miró por la rejilla y lo que vio lo lleno de alegría: Un gran número de calbens luchaba contra un pequeño número de caballeros.
-¡Son ellos! –exclamó emocionado- ¡Los calbens!
Dam se acercó a ver con el corazón en la boca y observó como los caballeros se defendían ante los golpes de los calbens. Entre ellos, Thang reconoció a Hadhod, que demostraba gran fuerza y destreza.
-¡Hadhod, Hadhod! –gritó Thang sacando la mano por la reja y señalando a Ragnir que se mantenía fuera de la lucha- ¡Aquel infeliz tiene la llave!
Hadhod, de un gran salto y una certera patada, noqueó al caballero sin darle tiempo a desenvainar; tomó las llaves y comenzó a probar una por una.
-¡No te preocupes Thang, ya casi! –exclamaba mientras la lucha se desarrollaba con gran ventaja para los calbens hasta que dio con la llave correcta y abrió la puerta.
-¡Gracias Hadhod! –dijo Thang al borde de la euforia- Pero no es momento de charlas, ¡A pelear!
-¡No! –exclamó Hadhod- ¡Tienes que escapar ya! ¡Ve a Calb! Eres nuestro líder, estamos a tu cargo, no puedes arriesgarte acá, ¡Huye!
Thang captó las palabras de su compañera.
-Nos veremos más tarde, amiga –le dijo y volvió la mirada a Dam- ¡Nos vamos, sígueme!
Hadhod empezó a luchar de nuevo mientras Dam y Thang empezaban a correr por los pasillos de las mazmorras. En ese lugar la batalla continuaba; los calbens y los caballeros luchaban encarnizadamente. Cada vez que un caballero caía los calbens tomaban sus llaves y comenzaban a abrir celdas.
Dam y Thang seguían corriendo esquivando a calbens y caballeros en su alocada fuga, doblaron a un pasillo iluminado por antorchas y llegaron a unas escaleras; al pie de ellas tres caballeros estaban tumbados en el piso, inconscientes. Los pasaron y siguieron corriendo por dos pasillos más. En el último vieron una puerta de salida en la cual yacían dos caballeros desmayados. Les faltaba poco para ser libres, cuando de pronto, en el instante en que atravesaban la puerta, uno de los caballeros tomó a Thang del pie y lo hizo caer al suelo estrepitosamente.
Dam pateó del caballero y Thang parándose le impacto otra en la cabeza desmayándolo nuevamente.
Sin embargo, debido al golpe, la cabeza de Thang empezó a sangrar.
-¡Bastardo! –gritó- ¡Se me abrió la herida!
-Espera –exclamó Dam rompiendo una parte de la manga de su polera verde. Amarro el pedazo de tela en al cabeza de Thang-. Con eso parará un poco pero tenemos que curarte ya… -Dam tiró la venda antigua al piso.
-Vamos a donde Eriol –dijo Thang con dolor-. Perderé mucha sangre si voy hasta Calb así.
-Vamos –dijo Dam-. Ojalá no nos atrapen.
El incendio de la cantina Pendi era nefasto y dantesco debido al gran tamaño del local. Una gran nube negra se levantaba y oscurecía el celeste cielo lamense.
Un grupillo de calbens escapaba hacia las afueras de la ciudad y eran perseguidos por los caballeros en sus queras. Las bestias cruzaban las calles de la ciudad mientras la gente miraba con temor la escena en las veredas y desde sus ventanas.
Otro grupo de caballeros llegó transportando enormes barriles de agua en las carretas de sus queras para poder apaciguar el fuego.
Serech iba persiguiendo a los calbens, que se metían por estrechos callejones y calles angostas.
-¡Malditos delincuentes! –gritó mientras golpeaba al animal para aumentar la velocidad.
Los calbens se dividieron y tomaron distintas calles para confundir a la Guardia que también se dividió para atraparlos.
-Son muy pocos calbens… -pensó Serech-, hay muchos caballeros y lo único que conseguimos es hacer mas desorden… Debieron quedarse en el… -en ese momento, todo se aclaró en la mente del caballero- pocos calbens y muchos caballeros en las calles… y en el castillo pocos caballeros y muchos…
Con un endiablado grito frenó a la quera.
-¡Malditos! –gritó con todas su fuerzas- ¡Guardia! ¡Retirada! ¡Regresen! ¡Esto es una trampa!
Sin embargo el ensordecedor ruido producido por las pisadas de las queras hacía que la voz de Serech se pierda sin ser escuchada.
-¡Regresen! –gritó Serech una, dos, tres veces pero nadie lo escuchó- ¡Demonios! –dio media vuelta y emprendió una feroz carrera de regreso al castillo, su capa jugaba con el viento mientras se acercaba más a la enorme construcción; ya podía ver de cerca las torres blancas con tejados azules.
Siguió y siguió hasta que tuvo delante el gran muro y el enorme portón azul que cercaban el castillo; dos guardias inconscientes estaban en el suelo con símbolos de haber sido golpeados. Desmontó y trató de reanimarlos pero todo fue en vano. Traspasó el arco del muro y trotó por un camino en cuyos lados se extendía un jardín con flores amarillas así como hermosas fuentes de mármol. El sendero llegaba hasta una escalera ancha, Serech subió por ellas y se encontró entre una serie de columnas enormes que soportaban un techo ovalado, formando una especie de bóveda; ahí el camino se dividía en dos: un sendero conducía hacia las enormes torres del castillo, hogar del Rey Urwen, mientras que el otro doblaba hacia la izquierda y continuaba unos cincuenta metros hasta llegar a una torre con una puerta abierta: la entrada a las mazmorras. El caballero tomo ese camino y llego hasta la puerta en donde encontró otros dos caballeros desmayados; entonces detrás de dos columnas saltaron dos calbens listos para enfrentársele. Serech desenvainó su espada y los dos muchachos se lanzaron contra él.
El caballero les demostró que el también era fuerte y con gran destreza golpeó a uno con el mango de la espada en la nuca y al otro con un codazo en el mismo lugar.
Los dos calbens cayeron sin sentido y Serech se acercó a la puerta; ahí había unas escaleras que descendían hacia un nivel subterráneo. Entonces escuchó unos pasos y unas voces desde abajo: -Ya llegamos, ya llegamos –era la voz de Thang.
-Esa voz… -dijo Serech entre dientes con una sensación de odio y euforia a la vez.
El caballero corrió a esconderse tras la columna de donde habían salido los calbens. Al instante Dam y Thang salieron de las mazmorras saltando sobre los caballeros desmayados
-Estos delincuentes van a esconderse en algún lado –pensó-. Los seguiré.
Thang vio a los calbens heridos y se acercó a ellos.
-Viven –dijo-. Son fuertes. Tenemos que salir Dam, rápido.
Ambos partieron por el camino hacia la bóveda del centro, luego doblaron y pasaron por el sendero de las flores y tuvieron frente a ellos el muro y el portón azul levadizo.
-¡Somos libres! –exclamó Dam sonriendo.
-No por mucho tiempo –pensó Serech mientras los seguía con cuidado y en silencio.
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