lunes, 23 de julio de 2007

Capítulo 2: El Plan de los Calbens

Dam despertó en una habitación pequeña que tenia una puerta de metal con una pequeña ventanilla con rejas. Ese lugar era, obviamente, una celda.
-Buenos días –dijo Thang que estaba en la misma habitación, en una de las dos incómodas camas que habían. Tenía una venda en la cabeza.
-¿Dónde estamos? –preguntó Dam refregándose los ojos.
-Supongo que en las mazmorras del castillo de Urwen –agregó Thang-. Anoche, cuando desperté, estabas dormido. Un caballero de la Guardia me curó la cabeza como pudo, aunque aún me duele. Me dijo, muy molesto el condenado, que hubo pelea en el bar y los vecinos llamaron a la Guardia y nos arrestaron. Yo no recuerdo nada, tengo un vacío en la mente ¿tu recuerdas que pasó?
Dam recordó todo y se dio cuenta de que no era una pesadilla, todo eso era real. Era todo un gran lío.
-Maldición –dijo-. Yo no debería estar aquí, no hice nada. Solo traté de ayudar a aquella chica de la pañoleta.
Thang se paró de un salto y se acercó a Dam.
-¿Te refieres a Eriol? –preguntó- ¿Ayudarla? ¡¿Le pasó algo a ella?!
-A ella no –respondió Dam-. A ti. El calben que te buscó el pleito y quería quedarse con la chica te atacó con una jarra y te la destrozó en la cabeza. Tu caíste inconsciente, sangrando. Ahí empezó la pelea. Eriol trató de ayudarte y me pidió que te cuidara mientras ella iba por medicinas.
Thang se quedó pensativo mirando al piso.
-Ya veo –dijo entre dientes-. Ese maldito cerdo de Findor –miró a Dam y estiró la mano-. Mucho gusto, soy Thang, líder calben, ¿y tú?
-Dam Beolden –contestó Dam dándole la mano.
En ese instante la puerta se abrió y entró un caballero con dos platos. Era el mismo que los había arrestado.
-Al fin despertaste –dijo con voz ronca-. Te quedaste dormido mientras los traía al castillo. Aquí esta el desayuno, para que después no digan que tratamos mal a los presos.
Puso los platos con leche y pan en el piso y se dispuso a salir de la celda pero Dam lo detuvo.
-Caballero –dijo-, tiene que escucharme, ha cometido una equivocación.
-A ver –respondió el caballero-, ya te dije anoche; eso no me lo tienes que decir a mí. En todo caso habrá un juicio dentro de una semana para ver si hay inocentes, ahí el juez dará sentencia. Pero eso les sucede por delincuentes, forajidos y bandoleros. Para mí todos los calbens deberían ser expulsados de Lama, no sé por qué el Rey Urwen les tolera tanto; es una persona tan buena, deberían estar agradecidos.
Thang se acercó al caballero con furia en la mirada.
-Todos ustedes, Caballeros de la Guardia, son unos desgraciados y desalmados –dijo-, tratan a la gente como les da la gana. Si todo mi grupo de calbens te escuchara, en estos momentos estarías pidiendo auxilio.
Dam se sorprendió al ver como Thang desafiaba al caballero.
-Te agradezco que me hayas atendido con respecto a mi herida –agregó el calben-, pero te juro que si salgo libre te las verás conmigo allá afuera.
El caballero desenvainó su espada y de un empujón acorraló a Thang contra la pared.
-Cuida tu vocabulario, insolente –dijo amenazante-. Difamar así a un Caballero de la Guardia Real te puede costar muy caro ¿No sabes, acaso, que estas a mi mando? Es una advertencia, una demostración más de ese comportamiento atrevido y me conocerás.
Las miradas de ambos chocaron y demostraron una gran rabia.
Dam se acercó y los separó.
-Escuchen, por favor –dijo-. Están haciendo líos por gusto. Disculpe, caballero. ¿Su nombre es…?
-Serech Galhir –respondió el caballero tirando su capa para atrás y dejando ver una armadura plateada reluciente.
-Muy bien, caballero Serech –dijo Dam-. Se que estamos a su mando y, aunque reconozco que el comportamiento de Thang no es el correcto, no puede tratar mal a los presos, sean inocentes o culpables. Déjeme presentarme, soy Damnert Beolden.
Serech miró a Dam de pies a cabeza.
-¿Beolden? –dijo- ¿Familia del herrero Roden Beolden?
-Sí –respondió Dam alegrándose-. ¿Conoce usted a mi padre?
-¿Tu padre? –dijo Serech- Así que eres hijo de Roden Beolden. Claro que lo conozco, él es el proveedor de equipamiento de la Guardia Real. Su nombre es muy respetado…-Serech observó detenidamente a Dam- viéndolo bien…si te pareces a él.
-¿Lo ve? –dijo Dam con una sonrisa- Usted conoce a mi padre y sabe que nuestra familia no cometería actos vandálicos. Yo estuve en el bar Voronn anoche por accidente.
Serech soltó una risa burlona.
-Muchacho, muchacho –dijo-, los hijos no siempre son iguales a sus padres. A veces son mejores, a veces peores. ¿Quieres que te crea solo por ser hijo de Roden Beolden? Observa a este calben –señaló a Thang-, quién sabe si su padre fue alguien decente. Y mira al hijo, todo un calben, un delincuente.
Thang quería estallar, deseaba darle un golpe fuerte en pleno rostro a Serech y apretaba los puños conteniéndose.
-No conocí a mi padre –dijo al fin-, no tuve nunca un padre que me aconseje. Ningún calben lo tuvo, aprendimos de la vida nosotros solos, dejando de lado el pensamiento y la amargura de ser huérfanos. Pero ¿sabe una cosa caballero? Prefiero ser huérfano a tener un padre que se avergüence al verme escondido tras una armadura y una espada, tiranizando y despreciando a los demás solo por ser huérfanos.
Serech se acercó furioso a Thang y lo tomó del cuello.
-Insolente –le dijo-. Tenías que ser un calben –lo soltó-. Yo no me oculto tras mi armadura, ni tras mi espada. Yo solo tratote hacer algo en progreso del reino.
Serech dio media vuelta y salió de la celda, cerrando la puerta fuertemente, y se alejó haciendo sonar las llaves.
-¡Desgraciado!- gritó Thang como para que Serech lo oiga. El calben estaba rojo de la ira.
Dam lo miraba estupefacto y confundido, en su mente veía un joven huérfano y lleno de impotencia. Un triste silencio creció en la habitación.
-Ya nos rescatarán- dijo Thang al cabo de un rato-. Los calbens harán algo, no van a dejar aquí a los suyos. Hay muchos de mis amigos en las Casas de Piedra y vendrán a ayudarnos. Me has caído bien, Dam. Solo hay que esperar.
Dam solo atinó a mostrar una sonrisa insegura. ¿Y si los calbens no llegaban? ¿Y si, cómo dijo Serech, había un juicio y salía culpable? ¿Qué sería de él? ¿Qué dirían sus padres? Se sentirían defraudados. Ellos deberían estar preocupados por él, no había llegado a dormir a casa. La cabeza de Dam daba tantas vueltas que decidió pensar en otra cosa pero no pudo. Decidió rezar a Kalakir (Dios) para que los calbens pudieran sacarlo de ahí. Los problemas acababan de empezar.

Los calbens vivían en las afueras de Lama Capital, en una región poblada de prados llamada Calb, que era como un pequeño distrito y a la vez la parte más al norte de Lama.
En tiempos antiguos, los primeros hombres que llegaron a lo que hoy en día es el reino, habitaron en los prados de Calb y construyeron unas rústicas viviendas de piedra, donde habitaron por varios años, pero debido a los constantes ataques de los falas, una tribu salvaje que habitaba en los pantanos cerca de las Montañas de la Frontera y que no permitía que nadie viviese cerca de ellos, decidieron establecerse mas al sur, donde hoy prospera la capital y así las Casas de Piedra fueron abandonadas.
Sin embargo el actual rey de Lama, Urwen, que era un hombre bondadoso y compasivo, había decidido darle un hogar a los huérfanos que poblaban las calles de la ciudad y les permitió habitar las Casas de Piedra del distrito de Calb; desde ese momento fueron conocidos como los calbens. Sin embargo en los últimos años los calben empezaron a cometer fechorías y a causar problemas a la Guardia Real de Lama, por eso nació una especie de enemistad entre ambos grupos. Aún así las leyes del rey Urwen impedían el asalto hacia calb por parte de los caballeros, salvo en casos extremos.
Los calbens dependían de un líder y este era elegido mediante una votación y debía ser alguien que reuniera varios requisitos tales como fuerza, valentía, inteligencia, etc.
Pero había algo que era una característica principal de los calbens y era que todos eran muy buenos peleadores, no utilizaban armas salvo sus propios cuerpos, sin embargo Findor y su grupo no habían respetado esto.
Ahora los calbens estaban frente a un gran problema: su líder había sido atrapado junto a otros calbens por sus enemigos de correrías, la Guardia Real de Lama.



Aquella tarde hubo una asamblea en las Casas de Piedra. Los calbens se reunieron en la Pirámide de Calb, situada en el centro de la ciudadela y donde se reunían cada vez que había algún tema general que tratar.
Todo era una bulla total, hasta que tomó la palabra una joven calben, Hadhod, una de las mas valientes. Se paró frente a todos sobre una mesa de piedra situada delante de todos los asientos.
-¡Atención todos! ¡Silencio! –gritó, y una vez que todos se callaron continuó- Nos encontramos en una cuestión muy grave. Por culpa del traidor de Findor y sus amigos hubo una riña anoche en el bar Voronn. El cobarde escapó con sus compinches y esperamos no verlo más –un murmullo se alzó en la pirámide -. Pero por su actitud estúpida y sus actos contraproducentes Thang, nuestro líder, quedó herido y fue presa fácil para la Guardia Real, esos tontos caballeros que siempre andan molestándonos. Además varios de los nuestros también fueron encarcelados junto con él. No podemos dejar esto así. Nuestro líder espera por nosotros, si no lo rescatamos no podemos llamarnos calbens.
La mayoría de los calbens bajó la cabeza. De pronto, uno se paró y fue al lado de Hadhod. Era algo gordito y colorado.
-He pasado todo el día pensando –dijo-, y junto con otros calbens como Silma y Tionel hemos llegado a la conclusión de que es imposible penetrar el castillo con todos esos caballeros custodiándolo, sobre todo en esta época de festival en la que la defensa se redobla.
Una desilusión cayó sobre los calbens.
-Pero también pensamos en otras cosas –agregó el calben-. La única forma de liberar a Thang es haciendo que los caballeros dejen el castillo, o al menos la mayoría de ellos.
Todos comenzaron a hablar a la vez.
-¡Silencio! ¡Silencio! –gritó Hadhod- ¡Dejen que Quendil acabe!
Los calbens callaron y prestaron atención.
-La única forma de hacer que la Guardia deje el castillo –prosiguió Quendil- es provocando un desastre en la ciudad, un desastre tan grande que necesiten caballeros en cantidad para detenerlo.
De nuevo empezaron a hablar a la vez hasta que se paró Imin, una calben rubia.
-Claro –dijo-, Quendil tiene razón, pero… ¿Qué desastre?
Todos callaron y se miraron los rostros como tratando de encontrar una respuesta y se escucharon muchas opiniones.
-Un asalto –dijo uno pero dijeron que no llamaría mucho la atención.
-Un asesinato –dijo otro y casi lo expulsan de la pirámide.
-Un incendio –se escuchó y todos callaron.
-¡Claro! –dijo Imin excitada- ¡Un incendio!
-Pero… ¿Qué incendiamos? –preguntó Hadhod.
-Tiene que ser un lugar grande pero que a la vez no sea una perdida importante para la ciudad –dijo Quendil.
Todos los calben pensaron en silencio durante un largo rato. Nadie tenía respuesta. Entonces Hadhod habló.
-Tenemos que investigar –dijo-. Tendremos que ir a la ciudad, nombraremos comisiones, ¿les parece?
Todos asintieron.
-Muy bien –agregó-, aprovecharemos lo que queda de la tarde para encontrar algún lugar, nos reuniremos en la noche de nuevo, ahora, a formar las comisiones.



Dam y Thang permanecieron en las mazmorras del castillo conversando por largas horas. Dam le contó a Thang que trabajaba junto a sus padres en su herrería y que paraba con Zimra, su mejor amigo y uno de los pocos que tenia, pues siempre fue algo tímido y solitario. Thang los escuchó atentamente.
-Quien como tú que has tenido a tus padres –dijo el calben algo serio-. Nosotros los calbens somos huérfanos, nuestros padres nos abandonaron o murieron cuando éramos niños y… -la voz se le entrecortó- ¡Ah! Para qué hablar de algo que ni me importa…
Dam se quedó callado pensando en Thang. A pesar de su apariencia y carácter rudos, vio en Thang a alguien a quien la vida le ha sido muy dura y eso contribuyó en la formación de su personalidad fuerte. Pero también pudo ver en él el anhelo de tener a sus padres a su lado. Él, en cambio, nunca sufrió, tuvo a sus padres, un hogar, una familia… y Thang no. Se sintió mal, sin poder explicárselo a si mismo.
-No tengo a mis padres –dijo Thang de pronto-, pero tengo a los calbens y ellos son mi familia.
-Tienes razón –dijo Dam dándole ánimos-, además, tienes a Eriol…es una chica muy simpática.
-Je –sonrió Thang-, Eri es alguien muy importante para mí, mas que una familia…aunque parece que a ella yo solo…
Thang suspiró. Dam lo miró pero no dijo nada más.
-Voy a dormir un rato –dijo el calben-, me duele un poco la herida. Gracias por escucharme, mira, el tiempo se nos pasó volando –observo la ventana-, ya se hace de noche.
-Cierto –contesto Dam-, quiero olvidar por un momento que estoy encarcelado.
-No te preocupes –agregó Thang-, vendrán por nosotros.

Esa noche, Dam tuvo un sueño extraño e incómodo. Sus padres iban a visitarlo a la celda y él, avergonzado, no se atrevía a mirarlos a los ojos, fue algo muy duro. Despertó sobresaltado.
-Mis padres… –pensó- deben estar preocupados, y Zimra… ¿me estará buscando? ¿Les habrá dicho lo que pasó? Los Guardias piensan que soy cómplice de la pelea en el bar Voronn.
La cabeza de Dam daba vueltas y vueltas y lo agotó tanto que se quedo dormido de nuevo.



Mientras tanto, los calbens volvían a reunirse para escuchar las recomendaciones de las comisiones enviadas a la ciudad. El silencio se hizo cuando uno de los integrantes de ese grupo, Arad, se paró frente a los demás.
-Nuestra comisión ha indagado por la ciudad en secreto y hemos encontrado muchas cosas interesantes –dijo-. Los caballeros están cansados de estos incidentes y parece que están planeando presentar una petición al Concejo de Lama, para discutir si a la próxima fechoría que hagamos puedan intervenir en las Casas de Piedra.
La sala entera se levantó de sus asientos y comenzaron a hablar desesperadamente.
-¡¿Cómo es posible?! –gritó uno.
-¡El rey no lo aceptará! –dijo otro- ¡No es la primera vez que intentan hacerlo!
Hadhod intervino y pidió calma a gritos. El auditorio guardo un silencio inquietante.
-Así como les dije –continuó Arad-. Según los informes que hemos recogido el Concejo también esta molesto por los disturbios de anoche. Lo único que faltaría sería la aprobación de esa medida por el rey Urwen, que como saben ustedes tiene la palabra final, aunque confiamos en que la rechace como siempre lo ha hecho. En estos momentos mucha gente en la ciudad comenta que mañana por la mañana se sabrá el resultado de este asunto.
Los calbens se miraron nerviosos y asustados. Aunque siempre el rey había perdonado sus fechorías justificando que eran solo jóvenes inquietos, siempre había una posibilidad por más mínima que sea.
-El segundo punto es que hemos confirmado que Thang esta encarcelado en las mazmorras del castillo –prosiguió Arad-. Y no podemos dejarlo ahí junto con nuestros demás amigos ¡rescataremos a los nuestros! Somos una familia, ¿verdad?
Los calbens gritaron un fuerte sí.
-¿Cómo vamos a rescatar a los demás? La Guardia esta muy atenta en estos días- pregunto una tímida calben de pelo corto.
-Eso lo investigamos y elaboramos un plan –intervino Maki, otra miembro de la comisión-. Seguro sonará algo descabellado para algunos pero es lo único que pudimos imaginar.
-Nos enteramos de que la cantina Pendi, aquella que esta a diez cuadras de la plaza central, tiene como dueño a Zalbar Pendi, uno de los comandantes de la Guardia. En esa cantina se reúnen la mayoría de caballeros después de cumplir su jornada diaria –los calben empezaban a entender-. Es obvio…proponemos incendiar la cantina Pendi para llamar la atención de la Guardia mientras se recata a Thang y los demás en el castillo.
Gran parte de los calbens parecía estar de acuerdo con el plan pero había una pequeña cantidad que parecía inconforme.
-¿Qué haremos si es que la Guardia no reacciona como esperamos? –preguntó un calben muy delgado.
-Tenemos que arriesgarnos –intervino Hadhod-. Además este es el momento en que los caballeros tienen mas ganas de atraparnos, no duraran en ir ni bien se presente la oportunidad. A estas alturas no nos queda otra cosa.
Los calbens se decidieron a arriesgarse y el plan quedó registrado de la siguiente manera:
A las ocho de la mañana del día siguiente, un grupo de 6 calbens irían cuidadosamente a la cantina Pendi a prenderle fuego, mientras que los restantes esperarían ocultos cerca al castillo la salida de los caballeros hacia la cantina e inmediatamente harían su ingreso a las mazmorras a rescatar a los prisioneros.
Se sortearon las posiciones y los calbens salieron de la pirámide para preparar las acciones del día siguiente.
-Sé que esta vez nos ganaremos la antipatía de todo el reino pero no podemos rendirnos –pensó Hadhod-. Thang, no te defraudaremos, solo espera, todo saldrá bien…espero que las decisiones que hemos tomado sean las adecuadas.



El sol se alzaba al día siguiente sobre las Montañas del Límite, al este de Lama; y Thang y Dam fueron despertados por Serech que apareció con dos platos.
-Aquí les traigo sus alimentos –dijo-. Tendremos que contratar a muchos más cocineros ahora que se va a aprobar la medida.
-¿Qué medida? –preguntó Dam extrañado.
Serech sonrió burlonamente.
-Ayer en la tarde la Guardia Real presentó una petición ante el Concejo de los Cinco Sabios –dijo orgulloso- y ellos aceptaron esa petición: permitir el ingreso de los caballeros a las Casas de Piedra del distrito de Calb para capturar a todos los calbens que sigan cometiendo fechorías.
-¡¿Qué?! –exclamó Thang histérico- ¡El Rey no la aprobará! ¡Muchas veces han querido hacerlo!
-Eso lo veremos –contestó Serech-. Esta vez el Concejo esta muy enfadado y presionaran a Vuestra Majestad a que firme esta medida.
Thang no sabía qué hacer ni qué decir.
-¡No pueden hacer esto! ¡Malditos! Los calbens no se dejarán… ¡No!
-Ya verás que el Rey la aprobará y tus amigos se reunirán contigo. No podrán escapar; así corran nuestras queras los alcanzarán.
-Caballero, un momento –intervino Dam.
Serech lo miró y dijo: -¿Empezarás con lo mismo de ayer?
Dam iba a hablar pero fue interrumpido por unos gritos que venían desde los pasillos de las mazmorras: -¡Caballeros, caballeros! ¡Por las quimeras! ¡Vamos!
Entonces un caballero fatigado entró a la celda.
-¡¿Qué sucede Ragnir?! –preguntó preocupado Serech.
-¡Incendio en la ciudad! –exclamó el caballero Ragnir- ¡La cantina Pendi! ¡Tenemos que ir! ¡Parece que son calbens los que le prendieron fuego!
-¡¿Qué?! –gritó Serech furioso- ¡Maldición! ¡Quédate tú a cuidar a estos!
Serech tiró su capa hacia atrás y furioso se acercó a Thang.
-Si en verdad fueron los calbens –le dijo-, les espera más que la cárcel.
El caballero empujó a Thang con fuerza contra la pared, dio media vuelta y antes de salir apresurado entregó las llaves a Ragnir, quien salió tras él y cerró la puerta fuertemente.
La evacuación de los caballeros se realizó inmediatamente, dejando un reducido número cuidando las mazmorras.
-¿Son los calbens los que han ocasionado el incendio? –preguntó Dam a Thang.
-Tengo casi toda la seguridad de que fueron ellos, Dam –contestó el líder calben con una leve sonrisa-, algo traen bajo la manga, te dije que no se iban a quedar tranquilos.
Dam se acercó a la rejilla de la puerta y vio a Ragnir junto a otros pocos caballeros en el pasadizo.
Unos minutos después se empezaron a escuchar unos gritos y pasos fuertes. Thang hizo a un lado a Dam y miró por la rejilla y lo que vio lo lleno de alegría: Un gran número de calbens luchaba contra un pequeño número de caballeros.
-¡Son ellos! –exclamó emocionado- ¡Los calbens!
Dam se acercó a ver con el corazón en la boca y observó como los caballeros se defendían ante los golpes de los calbens. Entre ellos, Thang reconoció a Hadhod, que demostraba gran fuerza y destreza.
-¡Hadhod, Hadhod! –gritó Thang sacando la mano por la reja y señalando a Ragnir que se mantenía fuera de la lucha- ¡Aquel infeliz tiene la llave!
Hadhod, de un gran salto y una certera patada, noqueó al caballero sin darle tiempo a desenvainar; tomó las llaves y comenzó a probar una por una.
-¡No te preocupes Thang, ya casi! –exclamaba mientras la lucha se desarrollaba con gran ventaja para los calbens hasta que dio con la llave correcta y abrió la puerta.
-¡Gracias Hadhod! –dijo Thang al borde de la euforia- Pero no es momento de charlas, ¡A pelear!
-¡No! –exclamó Hadhod- ¡Tienes que escapar ya! ¡Ve a Calb! Eres nuestro líder, estamos a tu cargo, no puedes arriesgarte acá, ¡Huye!
Thang captó las palabras de su compañera.
-Nos veremos más tarde, amiga –le dijo y volvió la mirada a Dam- ¡Nos vamos, sígueme!
Hadhod empezó a luchar de nuevo mientras Dam y Thang empezaban a correr por los pasillos de las mazmorras. En ese lugar la batalla continuaba; los calbens y los caballeros luchaban encarnizadamente. Cada vez que un caballero caía los calbens tomaban sus llaves y comenzaban a abrir celdas.
Dam y Thang seguían corriendo esquivando a calbens y caballeros en su alocada fuga, doblaron a un pasillo iluminado por antorchas y llegaron a unas escaleras; al pie de ellas tres caballeros estaban tumbados en el piso, inconscientes. Los pasaron y siguieron corriendo por dos pasillos más. En el último vieron una puerta de salida en la cual yacían dos caballeros desmayados. Les faltaba poco para ser libres, cuando de pronto, en el instante en que atravesaban la puerta, uno de los caballeros tomó a Thang del pie y lo hizo caer al suelo estrepitosamente.
Dam pateó del caballero y Thang parándose le impacto otra en la cabeza desmayándolo nuevamente.
Sin embargo, debido al golpe, la cabeza de Thang empezó a sangrar.
-¡Bastardo! –gritó- ¡Se me abrió la herida!
-Espera –exclamó Dam rompiendo una parte de la manga de su polera verde. Amarro el pedazo de tela en al cabeza de Thang-. Con eso parará un poco pero tenemos que curarte ya… -Dam tiró la venda antigua al piso.
-Vamos a donde Eriol –dijo Thang con dolor-. Perderé mucha sangre si voy hasta Calb así.
-Vamos –dijo Dam-. Ojalá no nos atrapen.



El incendio de la cantina Pendi era nefasto y dantesco debido al gran tamaño del local. Una gran nube negra se levantaba y oscurecía el celeste cielo lamense.
Un grupillo de calbens escapaba hacia las afueras de la ciudad y eran perseguidos por los caballeros en sus queras. Las bestias cruzaban las calles de la ciudad mientras la gente miraba con temor la escena en las veredas y desde sus ventanas.
Otro grupo de caballeros llegó transportando enormes barriles de agua en las carretas de sus queras para poder apaciguar el fuego.
Serech iba persiguiendo a los calbens, que se metían por estrechos callejones y calles angostas.
-¡Malditos delincuentes! –gritó mientras golpeaba al animal para aumentar la velocidad.
Los calbens se dividieron y tomaron distintas calles para confundir a la Guardia que también se dividió para atraparlos.
-Son muy pocos calbens… -pensó Serech-, hay muchos caballeros y lo único que conseguimos es hacer mas desorden… Debieron quedarse en el… -en ese momento, todo se aclaró en la mente del caballero- pocos calbens y muchos caballeros en las calles… y en el castillo pocos caballeros y muchos…
Con un endiablado grito frenó a la quera.
-¡Malditos! –gritó con todas su fuerzas- ¡Guardia! ¡Retirada! ¡Regresen! ¡Esto es una trampa!
Sin embargo el ensordecedor ruido producido por las pisadas de las queras hacía que la voz de Serech se pierda sin ser escuchada.
-¡Regresen! –gritó Serech una, dos, tres veces pero nadie lo escuchó- ¡Demonios! –dio media vuelta y emprendió una feroz carrera de regreso al castillo, su capa jugaba con el viento mientras se acercaba más a la enorme construcción; ya podía ver de cerca las torres blancas con tejados azules.
Siguió y siguió hasta que tuvo delante el gran muro y el enorme portón azul que cercaban el castillo; dos guardias inconscientes estaban en el suelo con símbolos de haber sido golpeados. Desmontó y trató de reanimarlos pero todo fue en vano. Traspasó el arco del muro y trotó por un camino en cuyos lados se extendía un jardín con flores amarillas así como hermosas fuentes de mármol. El sendero llegaba hasta una escalera ancha, Serech subió por ellas y se encontró entre una serie de columnas enormes que soportaban un techo ovalado, formando una especie de bóveda; ahí el camino se dividía en dos: un sendero conducía hacia las enormes torres del castillo, hogar del Rey Urwen, mientras que el otro doblaba hacia la izquierda y continuaba unos cincuenta metros hasta llegar a una torre con una puerta abierta: la entrada a las mazmorras. El caballero tomo ese camino y llego hasta la puerta en donde encontró otros dos caballeros desmayados; entonces detrás de dos columnas saltaron dos calbens listos para enfrentársele. Serech desenvainó su espada y los dos muchachos se lanzaron contra él.
El caballero les demostró que el también era fuerte y con gran destreza golpeó a uno con el mango de la espada en la nuca y al otro con un codazo en el mismo lugar.
Los dos calbens cayeron sin sentido y Serech se acercó a la puerta; ahí había unas escaleras que descendían hacia un nivel subterráneo. Entonces escuchó unos pasos y unas voces desde abajo: -Ya llegamos, ya llegamos –era la voz de Thang.
-Esa voz… -dijo Serech entre dientes con una sensación de odio y euforia a la vez.
El caballero corrió a esconderse tras la columna de donde habían salido los calbens. Al instante Dam y Thang salieron de las mazmorras saltando sobre los caballeros desmayados
-Estos delincuentes van a esconderse en algún lado –pensó-. Los seguiré.
Thang vio a los calbens heridos y se acercó a ellos.
-Viven –dijo-. Son fuertes. Tenemos que salir Dam, rápido.
Ambos partieron por el camino hacia la bóveda del centro, luego doblaron y pasaron por el sendero de las flores y tuvieron frente a ellos el muro y el portón azul levadizo.
-¡Somos libres! –exclamó Dam sonriendo.
-No por mucho tiempo –pensó Serech mientras los seguía con cuidado y en silencio.

Capítulo 1: Pelea en el Bar

Un nuevo día empezaba en Lama Capital, la ciudad principal del reino que llevaba el mismo nombre: Lama.
En esos territorios sureños del continente de Abonner finalizaba la primavera para dar inicio al verano, y con este acontecimiento daba inicio en Lama Capital el Festival Anual de la Ciudad, una semana en la que la capital se llenaba de fiestas, alegría y atracciones para festejar el inicio de la estación más calurosa del año.
Las calles de Lama se poblaban de vendedores, puestos y gente de otras provincias del reino que llegaban a relajarse y disfrutar.
El simple diseño de las viviendas del reino, casas blancas con techos de madera, se veía contrastado con las hileras de colores colgadas en los faros y la vistosidad de los puestos que volvían loco a cualquier transeúnte con sus precios de remate.
Durante esa semana todas las escuelas y centros de estudios interrumpían sus clases para poder disfrutar también del festival, lo que les daba un merecido descanso a muchos jóvenes ansiosos por divertirse y pasarla bien.
Uno de los tantos jóvenes que tomaba esa semana de descanso era Damnert Beolden o Dam como lo llamaban sus conocidos. Era un muchacho común y corriente aunque algo tímido, de ojos azules y cabellera rubia corta, tenía diecisiete años y estaba en la preparatoria, sin embargo, a diferencia de muchos de sus compañeros, su primer día de vacaciones no había sido precisamente un “descanso total”.
Su padre, Roden Beolden, tenía una de las herrerías mas renombradas de la ciudad y lo había puesto a ordenar unas cuantas armas que debían ser entregadas a la Guardia Real de Lama, los caballeros encargados del orden en el reino.
Cansado de trabajar, Dam ayudó a su padre a cerrar el negocio al caer la noche.
-Ya puedes ir a relajarte muchacho -dijo Roden a su hijo-. Suficiente por hoy.
-Sí, suficiente -contestó Dam con un resoplido. Roden se metió a la casa y Dam quedó en la calle mirando a la gente pasar y acercarse a comprar algo a los comerciantes que estaban en las veredas.
El cielo lucía estrellado y la luna brillaba en lo alto sobre la inquieta ciudad que destellaba luces por doquier.
Dam miró a ambos lados de la calle buscando entre la gente hasta que vio acercarse a un muchacho moreno y regordete, era Zimra, su mejor amigo.
-Vaya que empieza bien el festival -dijo el recién llegado-, fui a las afueras de la ciudad y vi que los caminos están congestionados, miles de personas vienen montados en todo tipo de bestias de carga.
-Este año parece que será mejor que otros -dijo Dam dándole la mano a su amigo-. Dice mi padre que los guardias han reforzado las medidas de seguridad.
-Así es -respondió Zimra mirando a los lados-, es por los calbens. Se les vio rondando la ciudad hace días, puede que planeen algo.
Los calbens eran un gran grupo de jóvenes pandilleros que tenían fama de cometer muchas fechorías en la ciudad.
-Vamos a dar unas vueltas por ahí -dijo Dam.
Ambos se pusieron a pasear por todos los puestos que habían sido levantados para esa ocasión.
-La verdad es que luego del festival Lama va a volver a ser la misma ciudad de siempre, una ciudad muy tranquila para ser capital de un reino -comentó Zimra. El siempre era muy relajado y, según Dam, algo alocado-. Vamos, Dam ¿nunca has tenido ganas de divertirte con cosas fuera de lo común?
-¿Divertirme? -preguntó Dam sonriendo- Acá la paso bien, a menos que te refieras a otra clase de diversión, Zim…
Zimra miró al cielo con cara risueña.
-Verás -dijo-, hace poco vino mi primo Bilan a visitarme. Estuvo de viaje y me contó que conoció el reino de Yule. Me dijo que era increíblemente divertido, como una ciudad que no duerme. Dam, ¿te imaginas si un día vamos a Yule? Bilan dice que hay chicas muy simpáticas y lugares nocturnos donde uno se divierte a morir.
Dam se quedó pensativo, imaginó la vida en Yule, le pareció bien para hacer un poco de turismo.
-No es mala idea -dijo mientras salían de una calle angosta repleta de gente y entraban a una plaza-. Pero vivir allá no. Prefiero quedarme en Lama, con mis padres, les debo mucho.
La plaza tenía una estatua en el centro con la figura de un caballero con armadura. Dam y Zimra se sentaron al lado de ella, aquella noche la plaza estaba muy colorida.
-Vamos, vamos -dijo Zimra riéndose y palmoteando la espalda de su amigo-, no te estoy diciendo que nos quedemos, yo también prefiero Lama, con sus campos, su gente, su lago y todo, pero siempre es bueno salir de la rutina ¿no? Dicen que en Yule preparan un cabad delicioso -el cabad era un popular trago hecho de pera.
Dam y Zimra sonrieron al darse cuenta de que una anciana que pasaba cerca de ellos los miraba con espanto.
-¿No puedes con tu genio, no? -bromeó Dam.
-Oye, oye -dijo Zimra con los ojos brillando- ¿no tienes algo en tu casa?
-Pues no, -respondió Dam-. Mi papá se lo tomo hace unos días con unos amigos.
-Tengo algo de dinero, solo unos cuantos jams -dijo Zimra-, nos alcanza para una jarra, hay un bar a un par de cuadras, ¿vamos?
-Bueno -respondió Dam-, pero tú pagas.
Ambos se pararon y caminaron un par de cuadras mas allá de la plaza, entre la multitud. Luego de un par de minutos llegaron a una casa que tenia un letrero de madera sobre la puerta abierta:”Bar Voronn”.
-Me han dicho que la hija de los dueños de este bar es muy simpática -comentó Zimra mientras entraban; había mucha gente aquel día, estaba casi lleno.
En una esquina del local, que era amplio, un gran grupo de jóvenes, chicos y chicas tenían varias jarras de cabad.
Dam y Zimra se sentaron muy cerca de ellos pues solo esa mesa quedaba libre.
-Esos son calbens -dijo Zimra mirando discretamente al grupo de jóvenes, eran un poco más de treinta, dispersos en varias mesas en ese lado del bar-. Hay que tener cuidado de no meternos con ellos.
Los calbens vivían en la afueras de Lama Capital, en el distrito de Calb, el cual era solo habitado por ellos. En realidad habían muchos mas calbens de los que ese dia estaban en el bar, al parecer se habían dispersado un poco. Era fácil reconocerlos pues todos tenían el mismo estilo de vestir: los varones usaban un pantalón rojo ancho y el torso solo era cubierto por un pequeño chaleco negro. Las mujeres llevaban un vestido rojo muy pequeño que les dejaba los hombros al descubierto y les llegaba más arriba de las rodillas, así mismo largos guantes y botas negras.
-Bueno, como te decía -dijo Dam después de ordenar una jarra de cabad-. No me gustaría dejar a mis padres solos acá en Lama. Mi padre quiere que sea caballero de la Guardia Real del reino, ya sabes que tiene amistad con los caballeros que van a la herrería.
-A mí no me gustaría ser caballero -dijo Zimra mientras servia dos vasos de cabad-. Pero no salgamos del tema… ¿viajamos a Yule? El viaje es largo pero valdrá la pena, podemos alquilar una carreta con queras.
-Sí, seria interesante -comentó Dam-.Pero hay que juntar dinero y organizar bien todo.
-Déjame averiguar bien -respondió Zimra alzando su copa. Ambos brindaron.
En ese instante un tumulto de voces llamó la atención de ambos y vieron que los calbens estaban algo alborotados.
Al otro extremo del bar, al lado de una puerta junto a la barra, una joven se acercaba. Vestía una falda ancha al igual que su blusa. Era blanca y muy bella, sobre su cabello tenia una pañoleta a modo de velo suelto que ocultaba gran parte de su castaño cabello corto.
Despacio se acercó a los calbens y antes que llegara un calben alto y atlético, que llevaba una cinta a modo de vincha en la frente sobre su cabellera negra y despeinada, se acercó a ella. Dam y Zimra observaban la escena atentamente.
-Hola, ¿Cómo estas Eriol? -dijo el calben tratando de peinar su melena con las manos.
-Que gusto verte de nuevo, Thang -respondió con una sonrisa Eriol, la chica.
-Quería verte Eri -dijo Thang, el calben- ¿Cómo va el negocio?
-Ha venido mucha gente –respondió Eriol-. Mis padres han salido y hoy yo me encargo del bar.
En ese instante otro de los calbens, un poco mas bajo que Thang, se acercó a ella y le tomó la mano.
-Thang no es el único que quería verte -dijo.
Thang miró a los ojos al otro calben con repulsión y rabia.
-Anda siéntate, Findor -dijo altivo-, Eri no quiere hablar contigo.
-¿Quién lo dice? -preguntó Findor en tono desafiante-¿Tú?
-Sí, yo -respondió Thang-. Yo que soy el líder de los calbens y por ende tu líder-dicho esto empujó a un lado a Findor y tomo del brazo a Eriol, que estaba algo confundida.
-Un simple título -dijo Findor sonriendo-, pero déjame decirte que yo no voté por que tu fueras el líder, por eso para mí tu no eres el jefe de los calbens.
Ambos iban alzando la voz cada vez más y empezaron a discutir sobre asuntos calbens. Eriol seguía junto a Thang mirando nerviosa. Dam y Zimra observaban fijamente y notaron que poco a poco la gente del bar iba formando un círculo alrededor de los calbens. Unos quince de estos se pusieron al lado de Thang y otro numero junto a Findor.
-Creo que estoy mas apto que tú para liderar a los calbens, Thang -dijo Findor cada vez mas insolente, la discusión se iba complicando.
Thang miró fijamente a Findor.
-Muy bien, muy bien -dijo en tono calmado-, arreglemos esto como calbens que somos… con una pelea entre tú y yo.
Findor miró vacilante y titubeó un poco. Thang lo miraba intimidante.
-Un momento -dijo Eriol algo asustada-, por favor no se peleen.
-Eri, por favor, no intervengas -dijo Thang y cortésmente la puso a un lado- ¡Acá también se demostrará quien dejará en paz a Eriol! El que pierda nunca más volverá por este bar.
Dam y Zimra miraban fijamente lo que ocurría.
-Acá se va a armar algo fuerte -dijo este último excitado.
-Mejor vámonos Zimra -dijo Dam-, no hay que meternos en problemas.
-No te preocupes -respondió Zimra-. Los calbens arreglan sus asuntos entre ellos mismos. Veamos cómo acaba esto.
Dam por dentro sentía algo de temor al ver a todos esos calbens tan sofocados, nunca había estado en una pelea ni quería estarlo, no era de buscar problemas y tampoco los quería tener. Algo le decía que las cosas no iban a ir bien.
Thang se comenzó a sacar conejos cuando Findor se paró frente a él. Se miraron a los ojos con furia. Una calben de tez morena se paro entre ellos.
-Solo se permiten golpes limpios -dijo levantando el brazo-. Aquí se decide quién llevará la cinta de líder… ¡Ahora!-bajó el brazo con fuerza. La pelea había empezado.
Thang y Findor se pusieron en guardia y caminaban lentamente sin descuidar la mirada. Los calbens alentaban a su favorito con hurras y vivas y deploraban al otro con silbidos y burlas. En eso, Findor se lanzó contra Thang para darle un puñete, pero este se agachó y en una rápida maniobra le tiró un poderoso golpe en el estomago que hizo que Findor abriera los ojos de manera horrible; y en seguida lo tumbó al suelo con una barrida.
Findor cayó estrepitosamente y Thang se arrodilló sobre él para darle un puñete en la cara, pero el cobarde comenzó a suplicar.
-¡Piedad! ¡Piedad! -clamó- ¡Por favor! ¡Tú eres mi jefe!
Thang se paró. Todos estaban boquiabiertos por la destreza y la fuerza demostrada por el líder calben.
-Qué asco me das -dijo mirando a Findor retorciéndose de dolor como un gusano en el suelo-. No sé que demonios haces con nosotros. Párate y lárgate de aquí -Thang volteó la cabeza-, los demás, síganme, suficiente por hoy.
Los que estaban de su lado lo siguieron. Findor se quedó en el piso, mirándolo con odio.
Dam estaba atónito por tamaño liderazgo demostrado por Thang, pensó que era líder en todos ambos aspectos, físico y mental.
Thang se acercó a Eriol y apoyó las manos sobre sus hombros.
-Discúlpame si no te gustan las peleas, Eri -le dijo dulcemente- pero tenía que hacerlo.
De pronto, Thang sintió un fuerte golpe en la nuca y cayó inconsciente al piso. Findor lo había traicionado y lo atacó por la espalda con una jarra.
Los calbens miraron estupefactos la escena y se quedaron inmóviles. Eriol soltó un grito de angustia y la ira estalló: los calbens de Thang y los de Findor se lanzaron unos contra otros en una feroz lucha pandillera. Dam y Zimra retrocedieron asustados.
Patadas y puñetes iban y venían. Las demás personas se exaltaron, las mujeres comenzaron a gritar, volaban sillas, bancos y mesas golpeando calbens de aquí a allá. Botellas y jarras se estrellaban en las paredes reventando y varias encontraban blancos calbens dejándolos heridos y sangrando.
Thang seguía en el suelo inconsciente y Eriol trataba de hacerlo reaccionar entre sollozos; la cabeza del líder sangraba. Los gritos de los calbens se confundían entre si.
Dam y Zimra esquivaron un par de botellas que se estrellaron contra la pared.
Desesperada, Eriol tomó del chaleco a Thang y los llevó a rastras, pasando entre la sangrienta lucha, recibiendo empujones y tropezando y se dio cuanta de que los que lanzaban botellas, sillas y otros objetos eran los aliados de Findor. Llegó hasta un extremo del bar, junto al lado de Dam y Zimra.
-¡Dam! ¡Tenemos que salir de aquí, esto esta muy peligroso! –dijo este ultimo, desesperado, gritando para que Dam lo oiga.
Zimra echó a correr entre la multitud que buscaba la salida; y cuando Dam se disponía a hacerlo una mano sujetó su brazo.
Era Eriol.
-Por favor, ayúdame –suplicó ella llorando.
Dam no sabía que responder. Miraba a Eriol y hacia la salida desesperado, quería huir pero la veía y se quedaba inmóvil. Thang seguía sangrando.
-Por favor, te lo ruego –gimió ella y apretó el brazo de Dam. Este miraba con pánico a su alrededor.
-Te lo ruego –repitió Eriol mientras las lágrimas inundaban su rostro.
Dam liberó una tensa lucha en su interior y al fin, se dio cuenta de que lo único que podía hacer era ayudar a Eriol. Su nerviosismo era tal que solo asintió con la cabeza.
-Solo espérame unos segundos –dijo la muchacha angustiada-, no dejes que lo toquen, ya vuelvo, tengo que traer algo para curarlo –dicho esto se paró y corrió hacia la puerta que estaba al lado de la barra, dejando a Thang a su cuidado.
Dam miraba al borde de la locura a todos lados, veía a tantos jóvenes como él luchando, golpeándose entre si, era tan ruda la pelea que sintió miedo. Miró a Thang y vio que no paraba de sangrar. Una botella le paso rozando la oreja.
En esos momentos, un ruido llamó la atención de todos en el bar. Los calbens se quedaron inmóviles, parecía que una estampida se acercaba por las calles. Miles de cascos golpeaban el piso.
-¡Queras! –gritó un calben que tenia el brazo herido- ¡Son los caballeros de la Guardia Real! ¡Huyamos! ¡Rápido!
Dam alzó la mirada desesperado y vio que los calbens enloquecidos trataban de salir del bar. No sabia que hacer.
Se agachó.
-¡Despierta! –gritó a un inconsciente Thang- ¡Vamos! ¡No te puedo dejar acá!
Los calbens empezaron a salir. Sin embargo algunos retrocedieron entrando al bar de nuevo. Contra ellos, haciéndolos regresar, ingresó un gran número de caballeros con armadura, espada y capa: los Caballeros de la Guardia Real de Lama.
-¡Ríndanse! –gritaban con furia- ¡Están arrestados! ¡Todos! ¡No se resistan!
Los calbens se rendían al ver las espadas; algunos intentaban luchar pero eran reducidos rápidamente. Los caballeros sacaron esposas y empezaron a capturar a los pandilleros.
Dam estaba inmóvil, temblando con Thang a sus pies y vio que no solo los calbens eran apresados, sino a toda persona que estaba dentro del lugar de la pelea.
Uno de los caballeros, rubio, alto y con rostro severo se acercó y se detuvo cuando tuvo a Dam y Thang frente a frente. Les hizo una seña.
-Ambos están arrestados, delincuentes –dijo mientras tomaba a Dam del brazo. Este estaba inmóvil, trataba de hablar pero no le salían las palabras. El caballero lo esposó.
-Yo llevaré al herido, tú camina hacia la salida, vamos –dijo mientras cargaba a Thang y lo ponía sobre sus hombros- ¡Vamos, camina! –exclamó al ver que Dam no hacia nada. Sacó su espada y lo apunto con ella- ¡Calbens, puñado de delincuentes! ¡Avanza!
-Y-yo n-no…–tartamudeó Dam saliendo de su mutismo-, se-señor yo no he hecho na-na-nada…
-Eso no me lo tienes que explicar a mí –respondió duramente el caballero-, lo responderás cuando estés frente al juzgado del castillo del Rey Urwen. Ahora iras conmigo.
Dam lo miró impotente, temblando. El caballero sacó las esposas y apresó su propio brazo y luego el de Dam, luego, a la fuerza, lo hizo avanzar y salieron del bar.
Dam miro entre la multitud de vecinos que se conglomeraban alrededor del bar, Zimra no estaba en ningún lado.
Varios calbens esposados eran subidos a jaulas que eran arrastradas por las queras. Dam y Thang fueron encerrados en una y el caballero montó en la bestia y partió junto con los demás miembros de la Guardia hacia las mazmorras del castillo de Lama, llevando a los arrestados.
-No puede ser… no puede ser… -se repetía Dam al borde de la locura-, esto no puede ser…
Mientras se alejaba miró al bar por ultima vez y vio que Eriol corría desesperada tras las queras con unas medicinas en las manos, impotente, mientras era dejada atrás, en medio de la calle, aquella noche del festival en el reino de Lama.

Prólogo

La luna brillaba pálidamente en el inmenso cielo salpicado de estrellas. Su brillo parecía una cara sin vida que observaba lo que sucedía en el mundo aquella noche.
El sol se había ocultado un par de horas antes y dos viajeros dejaban atrás una serie de árboles y una vegetación espesa procedente de un bosque. Ambos iban montados en queras, bestias de carga de color gris que pisoteaban el pasto que acababa de aparecer debajo. Se dirigían hacia un camino formado por un río que se adentraba entre dos filas de montañas lejanas.
-Al parecer estamos cerca- dijo uno de ellos, tenia cabellera corta negra y ojos vivaces. Vestía ropas de color verde y blanco.
-Debemos estar a un día o menos -señaló el otro con expresión de cansancio en su rostro blanco que llevaba una perfecta combinación con su cabellera rubia. Vestía las mismas ropas que su compañero.
Las fuertes pisadas de las queras rompían el silencio de aquellos parajes desiertos poblados solo por unas cuantas especies vegetales y una pequeña variedad de insectos que, en busca de la supervivencia, habían dejado el peligroso bosque para mudarse a aquellas tierras verdes regadas por el río.
De pronto, un pequeño viento comenzó a soplar en dirección opuesta a la trayectoria de los queras y sus jinetes.
-El viento trae olor a humedad -dijo el rubio examinando olfativamente el ambiente-. Parece que se acerca una lluvia o tormenta.
-Tienes razón -dijo el otro a modo de respuesta-. Será mejor que nos apresuremos en llegar a las montañas, ahí podremos refugiarnos. Ten cuidado en sujetar bien aquello, no vaya a escaparse por la fuerza del viento.
-No te preocupes -respondió el rubio-. Esta a salvo. No olvides que es el motivo de tan largo viaje.
El de cabellera negra asintió con la mirada e incitó a su quera a aumentar la velocidad mientras esta corría junto al río y se acercaba más a las montañas.
La cabellera de los viajeros se movía estrepitosamente con el viento mientras veían acercarse más y más aquellas moles oscuras hacia ellos.
Tras varios minutos de viaje se internaron en el valle formado por aquellas dos cadenas de montañas y en cuyo centro corría el río. El jinete de cabello negro sintió una gota caerle en el rostro.
-Va a empezar -dijo mirando a su compañero-. Escóndelo bien, tendremos que detenernos y buscar un refugio entre las rocas para no empaparnos.
El rubio miró hacia delante y vio en el fondo unas enormes nubes negras que se acercaban lentamente tapando las estrellas.
-Parece que va a ser fuerte -dijo.
Las queras se detuvieron y ambos bajaron desmontando sus bultos de la parte trasera de las bestias. El rubio aseguró bien un objeto cilíndrico muy parecido a un porta-planos pequeño a su cinturón.
-Me pregunto que tan importante es -dijo en voz alta-. Tal como se nos encomendó se lo entregamos a aquella anciana en esa aldea del desierto y luego de pensar por mucho rato nos envió acá diciendo que busquemos aquel apellido… ¿Qué cosa tan importante será esto? ¿Por qué venir hasta este reino?
-Son asuntos que no nos competen, Nafer -contestó el de cabello negro-. El rey dijo bien en claro que era un asunto ultra secreto y debería llegar sellado a esa anciana. Pero ella nos envió hasta acá diciendo que la persona que debía recibirlo estaba en este reino.
-La verdad estoy muy confundido Vordoner -dijo Nafer, el rubio-. Ocupémonos de buscar un refugio, vamos.
-Está bien -respondió Vordoner mientras señalaba hacia delante-. Ve a buscar un lugar mientras yo arreglo nuestros bultos, dame los tuyos.
El rubio entregó sus pertenencias y se dispuso a ir en busca de un refugio mientras el cielo se iluminaba por la luz de un relámpago seguido del sonido de un trueno. Las nubes estaban más cerca.
Vordoner ordenaba los bultos pero se preguntaba qué tan importante era lo que estaba guardado en ese porta-planos. De pronto le pareció escuchar un pequeño gemido. Volteó y no vio nada. Pensando que lo había imaginado giró y siguió con lo suyo. Entonces lo escuchó de nuevo. Volteó inmediatamente pero no había nada. Miró extrañado a las montañas pero todo estaba muy oscuro. Entonces escuchó un grito de dolor nítidamente.
-¡Ahhhh! ¡Vordoner! -era la voz de Nafer.
-¡¿Nafer?! -exclamó Vordoner- ¿Qué sucede? ¡¿Dónde estás?! ¡Nafer!
Vordoner se adelantó corriendo hacia donde escuchaba la voz de Nafer, pero lo que sucedió en ese momento lo dejó helado.
De un orificio en las depresiones de la montaña salió corriendo Nafer. La mitad de su cuerpo estaba rodeado por fuego.
-¡¡Nafer!! -gritó horrorizado Vordoner al ver a su amigo bajando con su cuerpo envuelto en llamas y corrió a su encuentro. Entonces con terror vio que de aquella especie de cueva salía un grupo de seres oscuros como sombras. Uno de ellos levanto el brazo y de la punta de sus dedos brotó una bola de fuego que fue directamente hacia Nafer. El viajero recibió el impacto de lleno en la espalda y gritó de manera horrible.
Vordoner se detuvo temblando, no sabía si ir por Nafer o retroceder al ver que aquellas sombras bajaban hacia él.
-¡¡Huye!! -gritó Nafer a su amigo y en un último esfuerzo desató el porta-planos de su cinturón y se lo lanzó a Vordoner.
El objeto cayó a los pies del asustado jinete, se estaba empezando a quemar. Las sombras se acercaban cada vez más y una voz terrible se elevó.
-Lo tiene el otro. A él -fueron las palabras.
-¡Vordoner! ¡Huye! ¡Me….aaaaaaagggg….me lo quisieron quitar!!! -gritó con dolor Nafer-¡¡Llévatelo!!
De pronto, uno de los seres oscuros levantó el brazo y disparó aquella llama contra Nafer, que recibió el impacto en la cabeza y cayó al piso.
-¡¡¡¡¡¡¡Noooooooooo!!!!!!! -gritó Vordoner.
Nafer cayó al suelo y no se volvió a mover. Su cuerpo era consumido por el fuego. Las sombras se acercaban.
Vordoner tomó el porta-planos que empezaba a arder y lo destapó poniendo a salvo del fuego un pedazo de pergamino enrollado.
-Él lo tiene -dijo la voz terrible y maldita.
Vordoner supo entonces lo que tenía que hacer. Desesperado dio media vuelta y empezó a correr hacia su quera. Las sombras lo seguían. La lluvia empezó a caer junto a los truenos y relámpagos.
-No se detengan -dijo la siniestra voz.
Vordoner estaba por llegar al animal cuando algo le dio en al espalda y lo hizo caer de rodillas. Sentía un ardor tremendo y con gran sacrificio se sacó la prenda que empezaba a consumirse, sin embargo su cuerpo era bañado en sangre. Se paró y siguió corriendo hacia la quera. La lluvia caía estrepitosamente. Las sombras alzaron los brazos.
Con el torso desnudo, Vordoner montó, y la quera empezó a moverse.
-¡No pueden dejar que escape! -amenazó la voz terrible, más horrenda que nunca.
El viajero, a pesar del dolor insoportable, animó a su animal y embistió a un par de los seres oscuros.
-¡NO! -gritó la voz.
El dolor era horrendo y Vordoner sangraba pero seguía cabalgando, sin embargo, dos bolas de fuego impactaron en la cola de la quera haciéndola vacilar. Las queras tenían una piel muy dura.
-¡Malditos! -gritó Vordoner y acarició la cabeza de su animal y se alejó del grupo de sombras.
Las gruesas gotas caían sobre su pecho y espalda herida. Sangraba. Miró hacia atrás y vio que las sombras se perdían; aun así siguió animando a la quera más durante varios minutos. El animal vacilaba.
La lluvia seguía cayendo. Los truenos retumbaban en aquel valle y Vordoner detuvo a su fiel bestia cerca del río al sentirse seguro que las sombras estaban muy lejos. Con dolor tomó el pergamino y lo abrió con cuidado para no mancharlo con sangre, entonces lo leyó detenidamente.
-No es posible -pensó desesperado-, no es posible…tengo que llegar… tengo que llegar… a Lama…

Introducción

Los relatos que aquí se cuentan suceden en el mundo de Guanweg, precisamente en el continente de Abonner, lugar donde prosperan grandes reinos, imperios y ducados.

La historia de Guanweg se remota a miles de años atrás, cuando los continentes aun no se habían separado y las seis razas humanas vivían juntas en paz y armonía, entre esas razas se encontraba la raza de los hombres, la que conocemos todos nosotros. Los hombres vivieron interactuando durante miles de años con las demás razas humanas, razas con rasgos físicos idénticos pero que se diferenciaban de ellos por poseer habilidades poco comunes. Pero al pasar el tiempo las cosas empezaron a cambiar, el mundo gira y el destino hizo que creciera la semilla del mal y así se generó un conflicto que termino con la división del mundo y la casi extinción de algunas de las razas, las cuales son ahora recordadas por los hombres como viejas leyendas, pero esa historia se cuenta en otro lado.

En los tiempos en los que transcurre esta historia, los Hombres se habían multiplicado de tal manera que en el continente de Abonner rara vez se veía a gente de aquellas razas antiguas.

Sin embargo el destino del mundo aún no esta definido pues siempre habrá personas que cumplirán una parte importante en los acontecimientos de este destino.